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El Atlético de Madrid está muy malito

12:36 CEST 14/9/22
Leverkusen Atlético
Rubén Uría analiza el mal momento del Atlético de Madrid, que no acaba de despegar

La película se repite en el tiempo y empieza a ser un potro de tortura para los atléticos. El equipo unas veces parece que no quiere, otras parece que no sabe y casi siempre parece que no puede. El orden de los factores no altera el producto. El Atleti lleva meses jugando rematadamente mal. Ni tiene seguridad defensiva, ni tiene mediocampo, ni tiene ataque, ni tiene contundencia en las áreas, ni tiene ambición, ni tiene una personalidad definida. Es un monumento al dadaísmo, un engendro táctico indescifrable, un conjunto de jugadores que se siguen empeñando en no curarse como equipo y que, por tanto, se condenan a morir como futbolistas.

El máximo responsable, naturalmente, es Simeone. Lo ha sido de los grandes éxitos del equipo estos diez largos años y lo es ahora, cuando el equipo lleva más de un año absolutamente perdido, a la deriva, habiendo extraviado sus señas de identidad, aquellas que le hacían rocoso, impenetrable y más duro que los clavos de un ataúd. De aquel Atleti ya no quedan ni las raspas y el equipo actual parece cualquier cosa, menos un equipo entrenado por el Cholo. Y eso, por más que uno sea cholista y a mucha honra, es responsabilidad de Simeone. Se le necesita de vuelta. Con urgencia. 

En la casa de los amigos de Bayer, el equipo aspirina fue el Atleti. Se enfrentaba a un equipo víctima de una jaqueca doméstica en la Bundesliga, le animó a revivir, le sirvió de ‘sparring’ y cuando quiso darse cuenta, el Atleti fue la aspirina efervescente ideal para que los alemanes dejaran de sufrir dolores de cabeza. El Atleti equivocó los tiempos otra vez, víctima de su mal endémico del que es incapaz de aprender, regaló balón cuando debía salir a ganar y concedió espacios cuando debía controlar. Al equipo le faltó de todo un poco. Le faltó ambición en el primer tiempo, le faltó carácter para comerse a un mal árbitro decidió no pitar un penalti escandaloso favorable al Atleti, le faltó contundencia el único rato que jugó a fútbol (desde que salió Antoine hasta que se fue Joao) y le faltó comprender que sin Reinildo en el campo, Frimpong haría puré con una defensa de plastilina, que se deshace como un azucarillo en el café.    

El Atleti está muy malito. No se puede ni se debe esconder. O el vestuario y el entrenador se ponen las pilas, o se unen todos en la dificultad, o esta temporada se hará muy larga. Y estamos en septiembre. Tres cosas sencillas para entender lo que está pasando. Primero, Simeone es lo mejor que le ha pasado a este club en sus más de cien años de historia. Y precisamente por eso, porque él se exige más que nadie, hay que pedirle que no se vaya pero que, de una vez por todas, vuelva a ser el líder que era. Porque una de dos, o su mensaje está equivocado o su mensaje ya no llega donde tiene que llegar. Segundo, si los atléticos quieren seguir pensando que tienen la mejor plantilla de la historia de no sé qué, adelante. Lo que se ve en el campo es una plantilla corta, descompensada, que tiene muchos nombres en ataque, pero que no tiene mediocampo, que tiene una defensa calamitosa y que está cogida con alfileres en el centro de la zaga y en los laterales. Y tercero, la gente del Atleti ya sabe en qué punto está la temporada. A unos centímetros de dimitir en Liga antes de tiempo y tirar por el barro todo un proyecto. 

El parto viene de nalgas, el equipo está mal, se necesitan más hombres que nombres y el domingo llega el Madrid. A Simeone habrá que pedirle como siempre, porque de otros no se espera nada. Y a los jugadores habrá que exigirles conforme a su categoría y a su sueldo. Aquí ya no hay margen para esconderse. El club salta sin red, la gente está deseando que el Atleti vuelva a ser lo que nunca debió dejar de ser y el domingo llega el Madrid. Puerta grande o enfermería. 

Rubén Uría