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La 'caja negra' del Atlético de Madrid

3:12 GMT-5 06/10/22
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"Defensa, contragolpe y competir. Quien quiera cambiarlo va en contra de la historia del Atleti". Diego Pablo Simeone ‘dixit’. Durante un lustro largo, el señor de negro diseñó una máquina de competir. No aspiraba a ganar concursos de estética, pero era un equipo molesto. Jugar contra ese Atleti era como ir al dentista. Aquel Atleti, orgulloso de ser feo, fuerte y formal, se basaba en defensa, intensidad y contundencia. El cholismo, que trasciende a Simeone, no era un eslógan. Era una manera de vivir y competir. El Atleti no era un equipo, era una misión. No dejaba de creer. Hoy la afición del Atleti, que nunca falla y siempre anima, se pregunta por qué el equipo ha abandonado el cholismo y por qué se ha aburrido de ser lo que era. Con el desgaste lógico del paso de los años, el Atleti se ha traicionado, abandonando el ‘heavy’ para abrazar el reguetón más zafio y comercial. La resaca de los títulos, las ínfulas de nuevo rico y un ambiente enrarecido, han hecho mella. El Atleti, que durante años se atracó de pizza, cometió el error de creer que sería bueno cambiar de dieta. El resultado está a la vista. La ‘caja negra’ del Atleti no miente: este equipo ahora mismo no defiende, ni contragolpea, ni compite. 

El arte de defender. La primera obligación de los delanteros del Atleti cholista consistía en defender como perros rabiosos y presionar como una jauría de lobos, porque la fuerza siempre estaba en la manada. La delantera era la primera trinchera de combate, la primera línea de fuego. Hoy la delantera presiona poco, sin coordinación y cuando salta, lo hace mal y tarde. El mediocampo de antes era una segunda línea defensiva que destilaba energía, ocupaba los espacios de manera milimétrica y era un búnker formado por un bosque de piernas. Hoy el centro del campo del Atleti es tierno, no gana duelos, corre mucho y mal, y es un coche de bomberos apagando el fuego equivocado. La zaga: la de antes, si se cerraba, no pasaba ni la humedad. Era el muro impenetrable, el bloque bajo defendiendo el abismo de Helm. En sus primeros 100 partidos de Liga, Oblak encajó 54 goles. Cinco premios Zamora después, el cuento ha cambiado. El año pasado la grieta fue evidente: 43 goles en 38 partidos. Había que suturar la herida, pero el club no cosió. La planificación fue nefasta. No traspasó cuando debía, renovó cuando no tocaba y no fichó donde necesitaba. Entre lesiones, sanciones y desatenciones, la defensa del Atleti ha pasado de roca a terrón de azúcar. Y solo volviendo a defender de manera decente podrá atacar mejor.

Contragolpear. La marca de la casa fue un arte en el Atleti del cholismo. Era un reloj de precisión suiza. Funcionaba el muro y el equipo salía de estampida. Robaba, se saltaba el mediocampo y en tres pases, premio. Cuanto más defendía, mejor eran sus contras. Huérfanos del mejor Costa, Villa, Falcao o Antoine en su ‘prime’, el Atleti intentó reinventarse sin demasiado éxito. Y no por falta de buenos delanteros, que los tiene. El caso es que no ha evolucionado, porque se ha entregado a la indefinición. El Atleti es como el huevo ‘Kinder Sorpresa’: no sabes qué te va a tocar hasta que lo abres. El grupo actual vive en la confusión. Un día es activo y al siguiente es reactivo; unos ratos quiere la pelota y otros huye de ella; unos descansa con la pelota y otros la trata como si fuera un bife de chorizo; unos días regala el primer tiempo y otros, el segundo. El orden de los factores no altera el producto. Atrapado en la encrucijada vital de volver a defender y contragolpear o dejarse llevar por unos jugadores que disfrutan más con la posesión, el Atleti necesita replantearse todo. La respuesta es sencilla: hasta que no defienda bien, no podrá atacar mejor.  

Competir. El Atleti del cholismo era pura energía. Para presionar, rascar, pegar, morder y protestar. Nervio. Aquel equipo se edificó gracias a una preparación física casi paramilitar. El Calderón era un barrio de Esparta donde cada partido era una guerra y cada minuto era un canto a un equipo que era camiseta y sudor. El Atleti de antes tenía sangre en el ojo. El de ahora, hace sangrar los ojos. Sí, han pasado los años, los jugadores son distintos y la preparación no debe ser ni parecida. Sin embargo, algo no encaja cuando, amén de esa larga lista de lesiones - ‘Expedientes X’ sin resolver-, el Atleti de ahora no tiene energía, ni físico, ni piernas, ni frescura. No gana duelos, no intimida y no tiene quinta marcha, porque parece un equipo agotado, sin ritmo, contemplativo, pasivo y sin batería.Y en el fútbol moderno, donde la alta intensidad ha venido para quedarse y los esfuerzos repetidos son los que marcan la diferencia, el Atleti de ahora es anticompetitivo.

El Atleti tiene dos caminos para no seguir desintegrándose. El primero, partir peras con el modelo de los últimos años, despedir al entrenador tras agradecerle los servicios prestados por diez años maravillosos, vender y comprar jugadores y buscar alguien que sea capaz de llenar el enorme vacío que dejaría el señor de negro. Eso haría felices a los que llevan años vomitando bilis contra Simeone y también a los atléticos que detestan la pizza. El segundo camino pasa porque el Atleti se reconstruya, vuelva a los orígenes y recupere el cholismo, incluso el más visceral. Eso haría felices a los que, reconociendo los errores del entrenador, no quieren que Simeone se vaya, sino que vuelva por donde solía. Lo que el Atleti no se puede permitir es seguir instalado en la duda. Si la inacción continúa, acabará por alimentar la peor sensación que puede tener un aficionado. La indiferencia. Camina o revienta, Atleti

Rubén Uría