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El peor enemigo del Sevilla FC

6:53 GMT-5 03/10/22
Sevilla Champions League 2022-23
Rubén Uría analiza la crisis de resultados del cuadro hispalense

Cuanto más crece el Sevilla, más antipatía genera. Cuanto más gana, más se le espera. Es el precio a pagar para un club que jamás ha vivido de ganar concursos de popularidad, porque ha estado demasiado ocupado coleccionando títulos. La ley del fútbol y de la vida invita a pensar que todo lo que sube, baja. Y el Sevilla, que ha subido incluso más de lo que sus aficionados soñaban, ahora está bajando. Corre el riesgo de morir de éxito y ahora que le envuelven los malos resultados, aparecen los carroñeros. El precipicio está cerca y los que llevan años salivando huelen la sangre a kilómetros. A estas alturas de la vida, conviene no hacerse trampas al solitario. Los que disfrutan viendo sufrir a Pepe Castro, los que azotan a Monchi haciendo de la demagogia un arte, los que maltratan a Lopetegui cuando antes le alababan y los que llevan años maltratando el mérito incuestionable de un club-milagro, están de enhorabuena. Hace años que esperaban con la recortada y ahora, por fin, se están cebando con los que antes no se atrevían. Buen provecho.

Sí, el Sevilla debe tener autocrítica. Sí, el Sevilla no ha hecho las cosas bien. Sí, el Sevilla se está desangrando. Sí, no se puede ni debe blanquear a nadie, porque la institución está por encima de cualquier ego. Y sí, tras años viviendo por encima de su economía, el Sevilla está colisionando con sus propios límites, esa barrera invisible de la que nadie quiere escuchar hablar: sus ingresos. Unos que son los que son y que no se pueden estirar como un chicle, por más que el club haya conseguido competir y superar a clubes que triplican sus ingresos, sus recursos y su presupuesto. Una cosa es rozar la excelencia durante dos lustros y otra, muy diferente, sostenerla todos los cursos y todos los años. Para caer desde lo más alto, primero hay que haber estado en la cima. Y el Sevilla, durante años, lo ha estado.

El campo no miente y el Sevilla, que siempre es material inflamable en la derrota, se ha tornado en un incendio incontrolable. El aficionado está que echa fuego, pasa facturas y en mitad del incendio, sobran pirómanos y faltan bomberos. Hay quien sostiene que, entre polémicas sobre dividendos e informes, Pepe Castro es el gran culpable y que, cuando dimita, todo irá como la seda. Hay quien cree que Monchi, líder icónico del club y escudo de la directiva, es el gran culpable porque hasta el mejor escribano echa un borrón, uno que se perdona porque le sobra crédito y sevillismo. Luego está quien cree que Lopetegui, fantástico entrenador y peor comunicador, es el culpable de todo, porque si no sabe ser parte de la solución, es parte del problema. Castro, Monchi y Julen. Salían en la foto en las buenas y ahora salen en las malas. Así debe ser. Asumido y procesado. 

¿Y los jugadores, qué? Hay quien dice que esta ya no es la cuarta mejor plantilla de España. Las notas se entregan en junio, pero es una opinión debatible. Lo que no tiene debate es que el nivel de estos jugadores, de los cuales 17 son internacionales con sus selecciones, debería dar para bastante más que ocupar el decimoséptimo puesto. Sorprende que mientras sobran manos para atizar al palco, al despacho y al banquillo, cueste tanto hablar de la cuota de responsabilidad de los jugadores. Entre lesiones, bajones de rendimiento, errores groseros y una falta de energía alarmante, las sensaciones son aún peores que los resultados. Si la solución es despedir al entrenador porque es más barato echar a uno que a 24, adelante. La cuestión es preguntarse si ese impulso será suficiente para convencer al grupo de que están por debajo del nivel que deberían demostrar, que es el que la gente les exige porque paga.

A quien esto escribe, desde la lejanía y confort de Madrid, donde se sabe entre poco y nada del sevillismo, el caos actual le recuerda algunas cosas que van mucho más allá del incendio actual. Primero, que nunca llueve eternamente y que siempre sale el sol. Segundo, que la responsabilidad es compartida. Tercero, que en los incendios siempre sobran pirómanos y faltan bomberos. Y por último, que el sevillismo haría bien en escuchar las palabras de Gabi, ex capitán del Atleti: “Que nadie rompa lo que hemos construido en este tiempo”. Autocrítica, toda. Decisiones, las que hagan falta. Adelante. Eso sí, cuando protesta el corazón, no hay peor negocio que permitir que la memoria se llene de olvido. El único y peor enemigo del Sevilla FC siempre ha sido el propio Sevilla FC. Los falsos profetas llevan años anunciando el apocalipsis sevillista y ahora que el equipo se ha caído, están de fiesta. Quizá hayan puesto a enfriar el champán demasiado pronto. El tiempo dirá.

Rubén Uría