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Atlético de Madrid

Los dos mil de Oporto

07:55 CLST 07-12-21
Web Atlético Madrid

Ser del Atleti no es ser mejor que nadie, pero sí ser diferente a casi todos. Durante sus más de cien años de historia, ese club se ha sostenido, alternando miseria y grandeza, gracias a su patrimonio más entusiasta, su afición. Esa que paga el abono religiosamente, esa que siempre alienta al equipo en cualquier circunstancia, esa que no tiene cláusula de rescisión, esa que reventaba el campo en Segunda y esa que, aunque las cosas vayan rematadamente mal, siempre mantiene intacta la fe en su equipo. El presente es malo y eso no lo puede negar nadie. Hay crisis de identidad, el equipo está en un serio bache de juego, resultados y confianza, ve con desesperación cómo no están saliendo las cosas y cómo los objetivos trazados se han complicado sobremanera. Hay quien se revuelve contra Simeone, quien culpa a los jugadores y hasta quien da por perdida la temporada. Y sin embargo, también hay quien confía en revertir la situación, quien apela al espíritu del vestuario y quien tiene claro que, si algo caracteriza al Atleti, es que cuanto más complicada es la misión, mejor compite. El Atleti llega con el agua al cuello, está con pie y medio fuera de Europa y se ha desenganchado del vagón de cabeza en la Liga.

Los síntomas son de equipo enfermo y las consecuencias de quedar eliminado de la Champions serán brutales para la economía del club en materia de salarios, fichajes e inversión. Eso es así, porque no hay más cera que la que arde. Nadie se puede engañar a estas alturas de la película. El Atleti, víctima de sí mismo, después de hacer todo lo posible y lo imposible por complicarse la vida, está a punto de despeñarse por el precipicio. Sus habituales sepultureros están salivando y si eso se produce, festejarán que el equipo de Simeone, que se abrió hueco entre Madrid y Barcelona a base de codazos, ha dado un paso atrás. Así funciona el negocio. Ni trampa, ni cartón. El Atleti se ha metido en un buen lío y sólo él es capaz de salir de él. Ahora mismo no existen razones objetivas ni consideraciones futbolísticas que inviten a pensar que el Atleti podrá ganar en Oporto y pasar de grupo. Sin embargo, al equipo le sobran motivos emocionales para hacerlo. Primero, para demostrarse a sí mismos que si se trabaja y si se cree, se puede. Segundo, para demostrarle a los que se han bajado del barco que pronto volverá a estar hasta los topes. Tercero, para enviar un mensaje contundente de no rendición a los que llevan diez años esperando que el Atleti vuelva a la mediocridad. Cuarto, para brindar a la memoria de la incomparable Almudena Grandes el triunfo que merecía y el equipo no le pudo regalar ante Osasuna. Quinto, porque el club se juega su sostén económico, porque no jugar Champions implica no jugar la Europa League, sino ganarla para perder el mínimo dinero posible. Y sexto motivo y por último, el más importante, porque en las gradas habrá dos mil atléticos desplazados en pleno puente, desafiando las restricciones de la Covid-19, esperando aplaudir y reconocer a su equipo, que es capaz de cualquier cosa cuando está herido.

Al Atleti le toca escalar el Everest a pleno pulmón. Será matar o morir. Y si tiene algún momento de duda, si se instala en la bruma de la duda en algún momento de la noche, el equipo lo tiene fácil. Que piense en los que han viajado hasta Oporto y se deje el alma en corresponderles. Si flaquea, que gire el cuello y mire a los dos mil corazones que han ido a Oporto. Porque si alguien se pregunta qué es el Atleti, es simplemente eso. Su gente. Y si ellos creen, el equipo debe estar a la altura de los que han viajado. El Atleti es pelea. Salgan y hablen en el campo. Con hechos. Alto y claro.