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El día que Messi se hizo (más) argentino

05:54 CLST 27-03-22
Messi Argentina Chile final Copa América 2016

El escritor Osvaldo Soriano decía que “nadie es del todo argentino sin un buen fracaso, sin una frustración plena, intensa, digna de una pena infinita”. La definición es, tal vez, como un ADN de la argentinidad, como un DNI o un pasaporte que legaliza la nacionalidad. Una condición necesaria que a Lionel Messi le resultaba extrañamente esquiva. Y eso dolía, molestaba y no se entendía.

Messi, rosarino, con padres argentinos, hermanos argentinos, con acento argentino, hincha de Newell´s, amante del mate y de Maradona, no lograba ser del todo un hijo de la patria. Al menos no lo conseguía ser públicamente. ¿Qué más le faltaba para dejar de ser un forastero? ¿Qué más trámites debía hacer para que su tierra, la que lo vio nacer y crecer hasta la adolescencia, lo reconozca sin matices? ¿A qué institución se debía recurrir para formalizar el reclamo?

En el rectángulo verde, Messi hacía todo bien, como el alumno más aplicado: rompía records viejos y nuevos, anotaba todo tipo de goles, de los que ya se habían visto y de los que nunca se vieron, inventaba fantasías y era el más admirado en cada célebre torneo. Claro que no siempre se consagraba campeón y perdía también dolorosas finales. Sin embargo, tras las derrotas, él presentaba una virtud digna de admiración: se recuperaba rápido, bastante rápido, y continuaba brillando con su juguete redondo, como si nada hubiera sucedido.

Pero hubo un día, de 2016, que todo eso cambió. Hubo una noche, en Estados Unidos, que sintió “un buen fracaso, una frustración plena, intensa, digna de una pena infinita”, todas esas circunstancias que, según Soriano, se necesitan transitar al menos una vez en la vida para ser un buen argentino.

Ese 26 de junio de 2016, Argentina perdió por penaltis ante Chile la final de la Copa América, la tercera final consecutiva (2014, frente a Alemania en el Mundial; 2015, también contra Chile en la Copa América). En esa jornada, Messi no ocultó su llanto en el campo de juego y, luego de la ducha, anunció que renunciaba a la Selección. "Ya lo intenté mucho, me duele más que a ninguno no poder ser campeón con Argentina, pero es así, no se dio y lamentablemente me voy sin poder conseguirlo… Ya está, se terminó para mí la Selección”, argumentó de este modo su decisión. Y añadió: "Es una tristeza grande lo que nos volvió a pasar y encima me toca errar el penal a mí… Ya lo intenté mucho, me duele más que a ninguno no poder ser campeón con Argentina, pero es así, no se dio y lamentablemente me voy sin poder conseguirlo”.

¡Al fin! ¡Lo había logrado! Ya no había lugar para las dudas y para la crispación. No había espacio para los reclamos de cualquier Cancillería ajena. Esas lágrimas rompieron los conjuros. Esa renuncia terminó siendo su documento de identidad. Messi, esa noche, vivió “un buen fracaso, la frustración plena, intensa, digna de una pena infinita”. A partir de esa final, nadie más volvió a dudar de su argentinidad.