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Valverde: del rock and roll a Bizarrap

07:39 ART 15/1/23
Ernesto Valverde Athletic Bilbao

Vaya por delante que no encontrará el lector un juicio sobre la labor arbitral de Anoeta en esta pieza porque quien firma no tiene por costumbre asomarse a ese precipicio. Sobre los colegiados, sus aciertos o errores y las polémicas que se generan siempre hay suficientes ventanillas a las que acudir.

Sobre lo que ha acontecido en Donosti sí hay ciertos aspectos que señalar y una importante parte de ellos tienen que ver con lo decidido en la caseta y en el banquillo. Los partidos los pierden los futbolistas al igual que también son ellos quienes los ganan, pero asimismo los entrenadores son capaces de mandar a sus soldados a la guerra con esa desconfianza que provoca una hoja de ruta timorata.

Es cierto que no hay un solo centrocampista en el Athletic que esté al nivel de juego de cualquiera de los Zubimendi, Brais, Merino y Silva, poca duda ante eso. Mas no es razón suficiente para que Valverde se haya sacado de la chistera una zona ancha prevista para sofocar en lugar de proponer. Dejar fuera del once a Oier Zarraga tras su mejor actuación como interior desde que llegó al Athletic, no tiene explicación. Regresar al mortero del pasado en lugar de continuar con el dinamismo reciente ha sido una señal que sin explicitarla ha legado envenenadamente el entrenador a sus jugadores.

Oihan Sancet, extraordinario en el único tanto del Athletic, debía de tener claro que el desarrollo de su talento no sería fácil que se diera porque la distancia de sus compañeros del centro del campo hasta él era mayor que la de la que va desde La Perla hasta el Aquarium. Y así, una Real de mucha calidad –como conoce todo el mundo– fue empujando hasta el fondo a Dani García y Vega a base de balón.

Una de las conclusiones más evidentes que dejó la visita a Osasuna a San Mamés de hace unos días fue la de que Nico Williams se muestra mucho más valioso en la banda derecha. Hoy, sin embargo, se le ha vuelto a asignar a su hermano después de que funcionara la pronta rectificación de Valverde ante los navarros. En Anoeta ha habido que esperar hasta el minuto 57, para que con la salida de Guruzeta del terreno de juego, el más joven de los Williams haya caído a su costado natural.

De los errores de los jugadores en todos y cada uno de los goles donostiarras –desde graves a groseros, según los casos– ninguna culpa tiene Txingurri, solo faltaba. Pero de la creciente incomodidad que se veía en las maneras de los futbolistas, sí. La impotencia que ha debido de ir asentándose en la cabeza de los jugadores ante la sencillez con la que veían llegar al rival y la dificultad propia de trasladar el esférico al área, provoca desconcierto y de ahí a los fallos más impropios hay solo un paso.

El Athletic no ha estado a la altura de un encuentro en el que se jugaba seis puntos (los tres suyos y otros tantos de la Real). Las responsabilidades son, como tantas veces a repartir entre quienes intervienen directa o indirectamente en el juego, pero el clavo que antes de salir al verde ha puesto Valverde al ataúd del león, ha supuesto una dádiva incomprensible para un equipo que es superior a los rojiblancos. El mayor problema para los bilbaínos en el corto plazo no es tanto lo acaecido hoy en Anoeta, sino que el rock and roll que se prometió que se disfrutaría está tornándose de un tiempo a esta parte en algo más anodino que las sesiones de Bizarrap. Y es que al Athletic le sienta muy mal el autotune. No ahora, desde siempre, a los leones les funcionan sus señas de identidad.

Lartaun de Azumendi