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Athletic Club

Hermético de Bilbao

13:32 ART 7/2/22
Aitor Elizegi

El fútbol, como acontecimiento provisto de una gran dosis de épica que es, posee un elemento muy jugoso que se sigue manteniendo en gran medida a pesar de la irrupción del universo de las nuevas tecnologías. Ese fútbol del que tantos millones de personas nos enamoramos una vez, atesora un valor incalculable en tanto en cuanto empapa su veneno en nuestras carnes a través de la tradición oral.

La historia del deporte rey –sus pequeñas hazañas y sus grandes anécdotas– la vertebra un abuelo compartiendo con su nieto el ímpetu de Fidel Uriarte ante unos garbanzos de febrero o un profesor que inopinadamente interrumpe la clase, deja la tiza en el encerado y sin poder contener su emoción se arranca a relatar el gol 3.000 de Liceranzu, tan solo porque en ese momento de la clase le ha llegado la imagen de Rocky a la cabeza.

Pero para que la épica siga trufando la historia del fútbol a través de los años, es necesario que sus protagonistas tomen partido del relato en primera persona. Al fin y a la postre, tan fútbol es lo que los protagonistas plasman en el césped, como todas aquellas pequeñas intervenciones de palabra que rellenan las páginas pares de las viñetas del balón.

El Athletic no se entendería si Javier Clemente hubiera permanecido silente cuando Manolo Sarabia aireaba su descontento en público en la antesala de aquel episodio que supuso un divorcio en la afición. Los leones no habrían transmitido el mismo marchamo a las generaciones futuras si el presidente Guzmán no hubiera gritado desde el balcón del ayuntamiento aquello de “con once aldeanos los hemos pasado por la piedra” tras la final del 58. El fútbol se escribe con letras de oro porque todos los que lo conforman y lo rodean, hacen y dicen. Como en el resto de parcelas de la vida.

Por eso, blindar las vicisitudes del club con un cinturón de hormigón empobrece el activo de la entidad tanto en el presente como a futuro. Privar a los dueños del Athletic de saber qué está pasando en el club, cuáles son los motivos por los que se actúa de determinada manera en un asunto que preocupa o qué opinión tienen los gestores de la centenaria entidad al respecto de los sarpullidos que van surgiendo en el día a día, no tiene pase alguno.

Presidir, dirigir u ocupar un puesto de relevancia en el Athletic Club no es cuestión baladí. Tanto es así que quienes en algún momento de su vida cuentan con el privilegio de formar parte del Athletic desde dentro, deberían tener siempre presente que honrar ese privilegio tendría que estar por encima de intenciones particulares.

Así, no se comprende por qué nada se ha dicho –mucho menos la verdad– sobre todo lo que ha ido sucediendo con Ander Capa en los últimos meses. Los propietarios del club quieren saber y tienen todo el derecho a conocerlo. Se hace de difícil digestión que más de dos días después de que Oihan Sancet saliera corriendo tras tener un accidente de madrugada y mintiera a la policía, de Ibaigane no haya salido ni una línea al respecto. De las pocas cuestiones realmente noticiosas que se van dando en el Athletic, nada se sabe.

Sin embargo, sí se ha conocido recientemente la ferviente defensa del presidente del club a la disputa de la Supercopa de España en un país como Arabia Saudí. “Hay que poner en perspectiva que lejos de casa la Federación y otras competiciones obtienen recursos que nos permiten sostener parte de las competiciones domésticas”, declaraba el máximo responsable rojiblanco. Y añadía que era “una oportunidad de contarle al mundo un proyecto único como el del Athletic” y que “existe una manera diferente de competir”. De que el Real Madrid y el Barcelona recibieran 12,5 millones de euros cada uno, el Atlético de Madrid 4,5 y los suyos solamente 2,5 siendo los vigentes campeones, escogió no decir ni mu.

Hace tiempo que hay quien conoce que se encuentra en posición de salida y que como pato cojo del Athletic se sabe a la espera de que Rubiales lo coloque en la UEFA en una de esas posiciones en las que las dietas son más generosas que muchos sueldos. Decía, con razón Ernest Hemingway, que se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. Y es que callar a beneficio de inventario conlleva despreciar a tus socios y empobrecer el contenido de la historia de una entidad que, como el Athletic, vive de mimar y sacar brillo a su relato. De mimarlo de generación en generación, no a través de puertas giratorias.

Lartaun de Azumendi